Valparaíso es
visto por los autores como un centro de inspiración, un tipo de vía de escape
hacia un imaginario alternativo, el “alter ego” que llevamos escondido,
reprimido. Han sido muchos los autores que se han inspirado en esta ciudad, en
la época dorada podemos encontrar a Salvador Reyes, con su novela “Mónica
Sanders”,Pablo Neruda y su “Oda a Valparaíso”, Manuel Rojas en “Hijo de Ladrón”,
todos con un punto en común:. Desde su comienzo se identifican con los
habitantes comunes del puerto y su entorno, su cotidianeidad, es la puerta de
entrada para nuestro lector, “la lectura construye un espacio entre lo
imaginario y lo real”(Piglia,2005, p,22). Un lector que se transforma, va
mutando de lector melancólico a enamorado, de alcohólico a desdichado, de
inquieto a suicida. Nuestro lector, encuentra en su andar un espacio lleno de
heterotopías. Este concepto,(heterotopía), nos abre camino a un espacio
heterogéneo de lugares y relaciones, que se encuentran en cada una de las
novelas citadas anteriormente y que va forjando a este lector “Heterotópico del
puerto”. Hay pues países sin lugar alguno e historias sin cronología. Ciudades,
planetas, continentes, universos cuya traza es imposible de ubicar en un mapa o
de identificar en cielo alguno, simplemente porque no pertenecen a ningún
espacio. No cabe duda de que esas ciudades, esos continentes, esos planetas
fueron concebidos en la cabeza de los hombres, o a decir verdad en el
intersticio de sus palabras, en la espesura de sus relatos, o bien en el lugar
sin lugar de sus sueños, en el vacío de su corazón; me refiero, en suma, a la
dulzura de las utopías.( Foucault,2008. pp. 39-62.) En el puerto de Valparaíso,
un lugar donde convergen el bullicio de los mercaderes, el vaivén de los barcos
y el aroma salino del Pacífico, se yergue un lector solitario. Sentado en un
rincón estratégico del muelle, donde las olas rompen con suavidad contra las
rocas gastadas por el tiempo, este lector se sumerge en las páginas amarillentas
de sus libros. Su presencia es una anomalía en un entorno de actividad frenética
y pragmatismo comercial. Atrincherado entre montañas de cajas y el ir y venir de
los estibadores, el lector encuentra su refugio en el movimiento del puerto, que
observa desde un mirador. “Vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras
impresas” (Piglia, 2008, p.14) Estos espacios fragmentados y singulares, cobran
vida en los rincones olvidados del muelle, donde la quietud se entrelaza con el
movimiento perpetuo de la carga y descarga. Cada página que lee, lo transporta
hacia historias que resuenan con el eco de las olas y la brisa marina. La
lectura se convierte en su ritual diario, su conexión con un universo de
conocimiento y fantasía que contrasta con la realidad palpable de las mercancías
que se intercambian sin cesar. Desde su asiento gastado, el lector observa cómo
las heterotopías del puerto se entrelazan: los barcos que vienen y van, llevando
consigo destinos desconocidos; los almacenes repletos de mercaderías que fluyen
como el tiempo; los rostros anónimos de los transeúntes que tejen una red de
historias y secretos. Para él, el puerto no es solo un punto de transición entre
tierras y mares, sino un lugar donde las palabras se convierten en brújula y los
libros en amuletos contra la monotonía del día a día. El hombre a imaginado una
ciudad perdida en la memoria y la ha repetido tal como la recuerda. Todo es
real, todo está ahí y uno se mueve entre los parques y las calles deslumbrado
por una presencia siempre distante (Piglia,2005, p.8). Es un lector que se
siente representado, los libros plasman la ciudad, su lugar en el mundo, su vía
de escape de la realidad, viendo la vida de una manera mágica, atemporal,
subjetiva. La ciudad deja huellas, historias de amor, amistad, aventuras,
desilusiones. Representadas a través de escritos, que se pensaron en el mismo
espacio, dónde alguna vez ese lector lloró por una desilusión, o sufrió con una
catástrofe, cómo en “Oda a Valparaíso” de Pablo Neruda (1954) con un nombre
tatuado en la barriga, y con sombrero, te agarró el terremoto, corriste
enloquecido, te quebraste las uñas, se movieron las aguas y las piedras, las
veredas, el mar, la noche, tú dormías en tierra, cansado. (vv 20-32) Este lector
resignifica su ciudad, en otros espacios, en las lecturas que van apareciendo en
su ruta. La ciudad sabe a mar, de capanazos de salitre, mece los brazos largos
de sus sauces. Mueve los pies frenética en el cielo, baila en el viento y en el
agua, y zapatea sus choclos con la lluvia. Corre desesperada de callejón en
callejón, huye como si fuera la misma niebla, y se va a pique con todo su
ruidero. Y más abajo el alma humana, se humareda, su chimenea, su montón de
infiernillos y discordias, sus mil pasos prendidos a cada día. Un inmenso mar de
luciérnagas, el puerto, sus hombres y mujeres. ( Serrano,1999, p.78). Cualquier
persona que haya vivido o pasado por Valparaíso, se reconoce en estas líneas. El
puerto se traslada a un único lugar: El imaginario construído por este lector,
dónde la ciudad es parte su historia, la cual inscribe día a día con los
párrafos leídos. Se transporta, toma el lugar de los personajes, los hace parte
de sí, en su visión de evadir la realidad que verdaderamente oculta la ciudad.
Valparaíso:Pintura del pintor porteño Guillermo Granke

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