domingo, 29 de diciembre de 2024

Un lector atrapado por Valparaíso

 Un lector atrapado por Valparaíso ​

Valparaíso es visto por los autores como un centro de inspiración, un tipo de vía de escape hacia un imaginario alternativo, el “alter ego” que llevamos escondido, reprimido. Han sido muchos los autores que se han inspirado en esta ciudad, en la época dorada podemos encontrar a Salvador Reyes, con su novela “Mónica Sanders”,Pablo Neruda y su “Oda a Valparaíso”, Manuel Rojas en “Hijo de Ladrón”, todos con un punto en común:. Desde su comienzo se identifican con los habitantes comunes del puerto y su entorno, su cotidianeidad, es la puerta de entrada para nuestro lector, “la lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real”(Piglia,2005, p,22). Un lector que se transforma, va mutando de lector melancólico a enamorado, de alcohólico a desdichado, de inquieto a suicida. Nuestro lector, encuentra en su andar un espacio lleno de heterotopías. Este concepto,(heterotopía), nos abre camino a un espacio heterogéneo de lugares y relaciones, que se encuentran en cada una de las novelas citadas anteriormente y que va forjando a este lector “Heterotópico del puerto”. Hay pues países sin lugar alguno e historias sin cronología. Ciudades, planetas, continentes, universos cuya traza es imposible de ubicar en un mapa o de identificar en cielo alguno, simplemente porque no pertenecen a ningún espacio. No cabe duda de que esas ciudades, esos continentes, esos planetas fueron concebidos en la cabeza de los hombres, o a decir verdad en el intersticio de sus palabras, en la espesura de sus relatos, o bien en el lugar sin lugar de sus sueños, en el vacío de su corazón; me refiero, en suma, a la dulzura de las utopías.( Foucault,2008. pp. 39-62.) En el puerto de Valparaíso, un lugar donde convergen el bullicio de los mercaderes, el vaivén de los barcos y el aroma salino del Pacífico, se yergue un lector solitario. Sentado en un rincón estratégico del muelle, donde las olas rompen con suavidad contra las rocas gastadas por el tiempo, este lector se sumerge en las páginas amarillentas de sus libros. Su presencia es una anomalía en un entorno de actividad frenética y pragmatismo comercial. Atrincherado entre montañas de cajas y el ir y venir de los estibadores, el lector encuentra su refugio en el movimiento del puerto, que observa desde un mirador. “Vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas” (Piglia, 2008, p.14) Estos espacios fragmentados y singulares, cobran vida en los rincones olvidados del muelle, donde la quietud se entrelaza con el movimiento perpetuo de la carga y descarga. Cada página que lee, lo transporta hacia historias que resuenan con el eco de las olas y la brisa marina. La lectura se convierte en su ritual diario, su conexión con un universo de conocimiento y fantasía que contrasta con la realidad palpable de las mercancías que se intercambian sin cesar. Desde su asiento gastado, el lector observa cómo las heterotopías del puerto se entrelazan: los barcos que vienen y van, llevando consigo destinos desconocidos; los almacenes repletos de mercaderías que fluyen como el tiempo; los rostros anónimos de los transeúntes que tejen una red de historias y secretos. Para él, el puerto no es solo un punto de transición entre tierras y mares, sino un lugar donde las palabras se convierten en brújula y los libros en amuletos contra la monotonía del día a día. El hombre a imaginado una ciudad perdida en la memoria y la ha repetido tal como la recuerda. Todo es real, todo está ahí y uno se mueve entre los parques y las calles deslumbrado por una presencia siempre distante (Piglia,2005, p.8). Es un lector que se siente representado, los libros plasman la ciudad, su lugar en el mundo, su vía de escape de la realidad, viendo la vida de una manera mágica, atemporal, subjetiva. La ciudad deja huellas, historias de amor, amistad, aventuras, desilusiones. Representadas a través de escritos, que se pensaron en el mismo espacio, dónde alguna vez ese lector lloró por una desilusión, o sufrió con una catástrofe, cómo en “Oda a Valparaíso” de Pablo Neruda (1954) con un nombre tatuado en la barriga, y con sombrero, te agarró el terremoto, corriste enloquecido, te quebraste las uñas, se movieron las aguas y las piedras, las veredas, el mar, la noche, tú dormías en tierra, cansado. (vv 20-32) Este lector resignifica su ciudad, en otros espacios, en las lecturas que van apareciendo en su ruta. La ciudad sabe a mar, de capanazos de salitre, mece los brazos largos de sus sauces. Mueve los pies frenética en el cielo, baila en el viento y en el agua, y zapatea sus choclos con la lluvia. Corre desesperada de callejón en callejón, huye como si fuera la misma niebla, y se va a pique con todo su ruidero. Y más abajo el alma humana, se humareda, su chimenea, su montón de infiernillos y discordias, sus mil pasos prendidos a cada día. Un inmenso mar de luciérnagas, el puerto, sus hombres y mujeres. ( Serrano,1999, p.78). Cualquier persona que haya vivido o pasado por Valparaíso, se reconoce en estas líneas. El puerto se traslada a un único lugar: El imaginario construído por este lector, dónde la ciudad es parte su historia, la cual inscribe día a día con los párrafos leídos. Se transporta, toma el lugar de los personajes, los hace parte de sí, en su visión de evadir la realidad que verdaderamente oculta la ciudad.
Valparaíso:Pintura del pintor porteño Guillermo Granke

martes, 11 de junio de 2024

2012

La reminiscencia del recuerdo

se revive en este ahora

¿Renacerá cual flor en primavera,

el aspaviento,  guardado en la memoria? Quizás.

La distancia del tiempo

frena todas las agujas de mi vida.